Enigma de los fósiles vivientes
Por David Catchpoole
Un artículo reciente de la revista científica New Scientist1
escudriña un enigma sorprendente para los evolucionistas—los ‘fósiles
vivientes’. Éstas, son criaturas vivas el día de hoy idénticas
a fósiles con la misma forma, que se dicen ser de ‘hace millones de
años’. Algunos ejemplos incluyen, el pez Celacanto (los evolucionistas
creen que los fósiles de los celacantos tienen 340 millones de años2
), los árboles Gingko (125 millones de años), cocodrilos (140 millones
de años), cangrejos de herradura (200 millones de años), concha Lingula
(450 millones de años), moluscos Neopilina (500 millones de años),
y la lagartija tuatara (200 millones de años).
El dilema para la evolución es la siguiente: ‘¿cómo han
permanecido igual por tantos años estas formas de vida? La revista científica
New Scientist cita a diferentes evolucionistas que dicen que el ‘azar’
y la ‘suerte’ son la respuesta. No estando satisfechos con esto, otros
evolucionistas buscaron otras alternativas. Ellos creen que la cucaracha (reconocida
por haber sobrevivido 250 millones de años) demuestra que la clave para el
éxito es ‘ser abundante y vivir en todos lados’,1
en otras palabras ser un oportunista sin quejarse de la comida ni el hábitat.
Sin embargo muchos de los ‘fósiles vivientes’ son muy especializados,
tal como el celacanto que está perfectamente adaptado para vivir en cuevas
en la profundidad del océano. La revista New Scientist sugiere que
el celacanto se ha mantenido igual porque su hábitat no ha cambiado: como
lo vemos en otras especies vivas y extintas.
Photo de Joachim Scheven
Algunos evolucionistas piensan que si una
generación vive muchos años (como los 15 años para la tuatara)
se vuelve ‘su camisa de fuerza’ porque ‘alenta el proceso de la
evolución’; pero no se puede aplicar en el caso con las cucarachas
y arquebacteria que se reproducen rápidamente (la bacteria multiplicándose
en minutos), y aún así no han evolucionado por 3.5 mil millones de
años.
Luchando para que tenga sentido este dilema, la autora zoóloga del artículo
cita que ‘algunos biólogos se maravillan de que aún haya evolución,
considerando las posibles decadencias del cambio’. Ella cita a un paleontólogo
de la universidad de Yale diciendo que ‘los organismos son tan complejos que
es muy difícil de cambiar un aspecto sin perjudicar el resto’.1
El artículo de la revista New Scientist no resuelve el dilema: ‘llegamos
a una escena complicada… Tener un ámbito generalizado o especializado.
Vivir rápido o lento. Mantenerse sencillo o no. Estar en el lugar correcto
en el momento preciso. Y si todo lo demás falla, tratar de llegar a ser una
“súper especie”, bendita con una fisiología que pueda
superarlo todo.’3
Sin embargo, para un Cristiano, no debe haber misterio para los así nombrados
‘fósiles vivientes’. Tenemos el testimonio ocular (la Palabra
de Dios) que explica cómo fueron creadas estas criaturas para ser fructíferas
y para multiplicarse según su tipo. Por lo tanto, el hecho de que las criaturas
modernas han permanecido igual a sus ‘ancestros fosilizados’, no es
sorpresa. Y sabemos que fueron creados hace miles de años y no millones de
ellos.
Entonces ¿por qué se aferran los evolucionistas a sus teorías
amadas de edades largas aunque existen inconsistencias paradójicas y otras
pruebas que son tan evidentes? Como dice un evolucionista, ‘(los evolucionistas)
se han comprometido a las explicaciones materialistas (por ejemplo el de excluir
a Dios) sin importar qué tan contra-intuitivo, ni qué tan místico
sea… porque (los evolucionistas) no podemos permitir un pie Divino entrar
por la puerta’.4
Referencias
- Dicks, L., The creatures time forgot, New Scientist, 164(2209):36–39,
1999.
- They were once thought to have become extinct 70 million years ago.
- Note also that a theory which is compatible with such diametrically opposite states
of affairs can make no predictions, and is immune to falsification. So it doesn’t
fit the criterion evolutionists usually invoke when it suits them.
- Lewontin, R., ‘Billions and billions of demons’, The New York Review,
January 9, 1997, p. 31.
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